lunes, 6 de octubre de 2008

1.000 fotos, 1.000 historias

Son las nueve de la mañana. He amanecido relativamente tarde porque los jueves no tengo clase. Miro el despertador y aprecio un objeto digno de fotografiar. Nunca me había dado cuenta hasta ahora, pero el, en ocasiones, tan odiado despertador de mi cuarto resulta bastante interesante por su forma. Primera foto del día.

Me incorporo suavemente y miro el espejo que tengo enfrente de la cama. Ocupa toda la superficie de una ancha pared de mi habitación. Pienso en que ya es hora de cambiar el pijama de verano por el de invierno y me saco varias fotos a través del reflejo del espejo. Sigo fotografiando diferentes elementos del cuarto, como la mesa, la silla, la estantería, los armarios, la mesilla y la puerta. Me desnudo para meterme a la ducha. Será mejor que la cámara descanse media hora.

Cuando termino de vestirme salgo a la calle para realizar algunas compras. En primer lugar me dirijo a la estación de autobuses, para sacar el billete con el que poder volver el fin de semana a Bilbao. Por el camino atravieso la Ciudadela. Además de los típicos encuadres generales de tan grandiosa construcción, hago otros de rincones menos conocidos pero igualmente atractivos. Tengo la suerte de encontrarme un precioso pájaro negro, blanco y azul. Logro fotografiarlo por detrás, pero cuando me muevo para captar su parte delantera, el animal se asusta y sale volando. Lástima.

Al llegar a la estación, enfoco a la muchedumbre que hay fuera esperando un autobús de línea. Alguno se me queda mirando con cara de pocos amigos. Otros parecen estar a gusto posando. Disparo y entro a comprar el billete. Dentro hay bastantes zonas dignas de ser captadas por una cámara de fotos. Al salir, presto especial atención a las escaleras mecánicas, frecuentadas por viajeros. Gente subiendo y bajando. Bonito contraste.

Con el primer recado hecho, me dirijo ahora a hacer una pequeña compra al supermercado. Una panorámica general de la calle transitada de peatones es la primera foto que saco de esta zona. Otras las hago a los coches que más me gustan entre los que están aparcados cerca. Entro al supermercado y continúo con mi trabajo antes de coger los productos que había ido a comprar. Los primeros planos de las verduras y de las frutas son mis imágenes favoritas de todas las que me proporciona este recinto.

Tras realizar la segunda tarea, sólo me queda una más: cambiar la batería de mi teléfono móvil, que ya no me dura nada. Como veo que hay mucha gente en la tienda, sigo sacando fotos, en este caso de las calles colindantes. También hago algunas de edificios, que hasta ahora no había captado. Pruebo a hacer de vehículos en movimiento, por aquello de saber captar la velocidad. Creo que le cojo el truco rápidamente.

Con todos los recados hechos, vuelvo al piso sin dejar de fijarme en objetos que pueda fotografiar. Mi ‘locura’ llega hasta tal punto que me pongo a sacar fotos a papeleras sin ton ni son. “Ya se me pasará”, me digo esperanzado. O no. “Si llego a las 1.000 fotos hoy, como espero hacer, creo que se me van a quitar las ganas de seguir con esto de la fotografía”, pienso de broma.

Al subir al piso sigo con mi objetivo de llegar a esa cantidad en un solo día. Creo que llevo un buen ritmo teniendo en cuenta que aún no ha llegado la hora de comer. Cuando estoy preparando la comida aprovecho para fotografiar los utensilios de la cocina. Cubiertos, cazuelas, trapos y bandejas se llevan la mayoría del protagonismo. Muchas de las fotos son primeros planos, a los que estoy cogiendo especial cariño. Pienso sobre ello y llego a la conclusión de que, pese a que se pierda la perspectiva general, tiene mucha fuerza por los detalles que se pueden percibir, normalmente inapreciables para el ojo humano en el día a día cotidiano.

Después de alimentarme bien, me siento en el sofá para ver un rato la televisión, que también acaba siendo fotografiada desde bastantes puntos de vista. Me tomo un respiro hasta las seis de la tarde, hora en la que vuelvo a salir a la calle para continuar con mi misión. En esta ocasión, la mayoría de los afortunados por salir en mis fotografías son los árboles, quienes se convierten en los protagonistas de la tarde, al igual que en el primer trabajo de este blog.

Llego a casa de noche, a la hora de cenar. Con bastante hambre, por cierto. Los paseos matutino y vespertino me han abierto el apetito. Mis compañeros de piso ya están cocinando. Aprovecho para retratarles a los tres.

Antes de acostarme apuro para sacar alguna más de la calle desde diferentes ventanas del piso. Afuera está todo oscuro, parece la boca del lobo, por lo que decido dar por concluida la misión. Cada una de las fotos que he sacado a lo largo de todo el día esconden una historia detrás. Si no he llegado a las 1.000 (fotos e historias), cerca habré andado. Misión cumplida.

domingo, 5 de octubre de 2008

De fotos por el Mercado de Santo Domingo







Nunca había estado en el Mercado de Santo Domingo de Pamplona hasta la pasada semana. Hasta el miércoles por la mañana. Fui con dos amigos de la Facultad y resultó ser una experiencia bonita.

Iba con el objetivo de obtener instantáneas de los diferentes puestos y para intentar reflejar también el ajetreo de la gente, tanto de los compradores como de los vendedores. Era, por tanto, una labor más complicada de lo que supuso la primera sesión fotográfica, ya que el árbol ni se movía ni ponía ningún impedimento para ser retratado.

Algunos tenderos no se quejaron al sentirse objetivo de mi cámara. Es más, en alguna ocasión parecían incluso posar. No sé si será casualidad o no, pero principalmente fueron las mujeres las que adoptaron esta postura. Otro colectivo, sin embargo, me lanzó miradas amenazantes y hubo quien llegó a reprocharme que le hiciera fotos. Como no era plan de buscar problemas en un territorio en el que tenía las de perder, no insistí con la gente que se sintió molesta. Dentro de este grupo está el hombre que capto en una de estas seis fotografías, que con un gesto serio parece querer salir de plano. No lo consiguió a tiempo.

Tras un par de horas dando vueltas por la zona y fotografiando cada rincón, salimos. La última foto que hice fue la que aquí aparece al final. En ella se ve el mercado desde una calle en obras. Llama la atención el señor que parece seguir la evolución de la excavación de forma tan interesada pero tranquila a la vez.

Cuando llegué a mi piso revisé en el ordenador todas las fotografías realizadas aquella mañana, ya que en la pequeña pantalla de la cámara no se pueden apreciar en todo su esplendor. Algunas presentaban primeros planos de alimentos que resultaban bastante apetecibles; también había las que daban una visión general del mercado; y otras, desgraciadamente, quedaban desfiguradas por una inoportuna intromisión de alguien en medio de la foto. Pero estas últimas eran minoría. Menos mal.

En definitiva, acabé contento con este segundo trabajo. Resultó una motivación extra saber captar el movimiento en el siempre concurrido Mercado de Santo Domingo.

lunes, 29 de septiembre de 2008

'Mi árbol'







La gente que no sabe euskera me pregunta qué significa mi nombre. Aritz. Les suena a chino. Yo les explico que se traduce al castellano como ‘roble’. Un tipo de árbol. Sinónimo de fortaleza. Por eso se emplea la comparación “duro como un roble”. No sé si es por cómo me llamo, pero desde pequeño me han gustado los árboles. Verlos y fotografiarlos.

En la Tierra hay miles de millones de árboles. Cada cual tiene sus particularidades. Ninguno es igual que otro. Pero si tuviese que elegir uno lo tendría claro: el que hay en el jardín de debajo de mi casa. No es el más alto, ni el más viejo, ni el más espectacular del mundo. Tampoco el más bonito. Ni un roble. Pero es el ‘mío’.



Siempre lo he sentido así. No sólo porque esté plantado en un terreno que pertenece a mi comunidad de vecinos, sino también por todas las horas de ocio que he vivido a su lado. Aunque únicamente sea debido a este romanticismo, me he decantado por fotografiar este árbol y no otro.

Pasé muchísimas horas de mi infancia jugando a fútbol en ese parque. Siempre con el árbol de testigo. Incluso se llevó algún que otro balonazo fortuito. A día de hoy, varios años después del último partido, el árbol sigue aparentemente igual, como si no hubiese pasado el tiempo por él. Parece que se mantiene a la espera de que volvamos a bajar para seguir siendo testigo de aquellos interminables partidos después de clase.

Pero ya no se repetirán. Al menos con nosotros de protagonistas. Todos los vecinos que nos juntábamos nos hemos hecho demasiado mayores como para seguir dando patadas a un balón en un recinto tan pequeño. Además, algunos nos hemos ido a estudiar fuera, a otros ha dejado de interesarles el fútbol… Aunque no estaría mal volvernos a juntar para recordar esa época.

Desde que dejamos de jugar nosotros, el parque apenas se utiliza. Ninguna generación ha cogido nuestro testigo. Y es una pena. Ya no se respira esa vida propia que adquiría el parque cuando todos los chavales del vecindario quedábamos para jugar al volver del colegio. Ahora está un poco olvidado. Y con él, ‘mi árbol’.

Tal vez sea debido a ese silencioso abandono. O tal vez sólo sean imaginaciones mías. El caso es que al bajar a sacarle las fotos, he visto más hojas secas que la última vez. Pese al sol reinante, que ha querido sumarse al homenaje fotográfico, las ramas no podían ocultar un estado cada vez más envejecido del anciano árbol.

Espero que no se descuide del todo la atención que merece. Es un viejo tesoro que merece la pena conservar. Aunque solamente sea porque ha visto crecer a toda una generación de vecinos. Porque se ha convertido en el símbolo del parque. El árbol. ‘Mi árbol’.